Historias para contar, para ser e imaginar, pero nunca para juzgar...
Porque el amor ni las caricias entienden de genero, de tiempo y tampoco de edad… a veces acertamos otras nos arrepentimos, pero lo importante es poder aprender un nuevo truco para poder despertar más tranquilos. Aquí este blog para los que se atreven a sentir con todo el cuerpo, el alma y a veces la despistada razón.
domingo, 29 de marzo de 2015
miércoles, 24 de diciembre de 2014
La última vez...
A Daniel esa noche le cerraron la puerta en la nariz dejándolo en la calle sin saber porque, al buen entendedor acciones contundentes se dijo para sus adentros y tomó camino para casa; estaban a mediados de la primavera y el clima se antojaba para disfrutarse por lo tanto caminar sonaba mejor que tomar el metro que para esas horas asustaba de tan vacío que iba.
Tomó la calle Younge y al ir bajando hacía el sur intentó recordar que hizo mal para que Robbin le cerrara la puerta de tajo, tal vez omitió alguna fecha especial o algún detalle, pero pensará lo que pensará el resultado era el mismo, ella azotando en su nariz el mensaje claro de "no me llames, desaparece para siempre". En fin, caminar lo aliviaba y el calor de la noche lo distraía, el ir y venir de los coches y la vida que se respiraba en el aire después de un invierno que llegó a los menos 30 grados le parecía una excelente terapia para no pensar en su fracaso amoroso.
La gente saliendo de la estación Eglington era mucha, ese cruce nunca le gustó al igual que el de Dundas y Younge, siempre muchas personas en todas direcciones, autos, comercios... decidió apretar el paso y de pronto la calle le pareció callada con solo unos cuantos autos, fue entonces que Daniel comenzó a prestar atención a su entorno, era raro sentirse solo en una de las calles más transitadas. Ya para esos momentos dejó de pensar en ella y su desplante y notó que en los postes de luz colgaban pendones con mensajes dándole la bienvenida a la primavera, otros lo invitaban a los diferentes museos, festivales, ferias y demás atracciones de un Toronto lleno de vida. Al pasar por la estación Davisville apenas y salió una señora que se perdió rumbo al norte. Daniel vió su reloj que marcaba las 11:20pm, el aire empezó a soplar haciendo que la piel se le pusiera de gallina por algunos segundos, de pronto parecía que todas las tiendas y locales comerciales habían cerrado, al llegar a la esquina del cementerio Mt Pleasant uno de los pendones solo decía "Bienvenido", la calle ahora si estaba totalmente vacía y si no corrió fue por vergüenza de parecer un miedoso, algo llamo su atención y el siguiente pendón decía "Este es tu final" ni el viento que de pronto le puso la piel de gallina soplaba, leyó el siguiente pendón y le pareció como si estos le estuvieran hablando "No corras, solo desaparece" hizo caso omiso y a pesar de que eran 400 metros para pasar el cementerio a Daniel le parecieron kilómetros, volvió a leer "Tu lugar es aquí" el metro que en esos momentos iba pasando en su trayecto hacía St Claire se detuvo frente a las rejas que guardaba las tumbas en sus adentros, las letras otra vez ante sus ojos "No hay nada como el abrazo de los muertos" del cansancio tuvo que parar y fue ahí donde se tuvo que tapar la boca con la mano para no dejar salir un grito de miedo al ver a toda la gente del metro pegada a las ventas y las puertas viéndolo, al voltear de nuevo a la acera no pudo dejar de sentir las letras gritándole "No te irás, nos perteneces", solo se le ocurrió correr lo más rápido que pudo, los pendones seguían diciéndole lo mismo pero él ya no leía, se enfocaba en llegar a la iglesia que estaba al cruzar la calle. Justo cuando paró en la esquina para comprobar que podía cruzar como mero reflejo porque no había señales de autos leyó el último pendón que estaba frente a él "Bienvenido Daniel", éste al bajar el pie de la banqueta y tocar el pavimento hizo que el metro saliera de su trance rumbo a la siguiente estación, que los autos pasaran a su velocidad habitual y los adolescentes se escucharan jugando en el parque de la iglesia donde el reloj marcaba las 11:20 y de Daniel no se supo nada más.
martes, 22 de octubre de 2013
¿Quién fuese Ana?
¿Qué fue de esa Ana? ¿Qué quedó de ella? Se preguntaba la misma Ana al
tomar un baño lento recordando el día de su boda; en 20 minutos repasó los
años de la preparatoria y la universidad junto al hombre con el que pensó
compartir el resto de su vida, sus sueños, sus ganas de ser y su mundo infinito,
ella quería convidarle su cuerpo y a partir de ese día regalarle su alma
entera; que mejor regalo que su esencia. Pero como
casi todos los regalos este también quedo guardado, “su alma gemela” almacenó a
Ana en un estuche muy lindo, una casa llena enceres finos y detalles
lujosos, presumiendo a su esposa de vez en cuando en alguna cena de negocios y al llegar a
casa le hacía el amor de manera arrebata, como en los primeros años de
universidad y donde el placer era solo de él, sin preguntarse si ella había llegado siquiera a la mitad del clímax.
Así fue la vida de Ana hasta los 28, no sabía quién era ella, porque todo
lo que hacía era para complacer a su fiel compañero: trabajaba,
hacía las compras de la semana, cocinaba, lavaba y hasta tiempo para ir a
correr tenía, pero todo con tal de recordarle a su esposo que ella seguía ahí.
Ese día en la regadera Ana se preguntó cómo había sobrevivido tanto tiempo sin haber sentido un orgasmo, no se preguntó por qué fue sumisa o por qué
no fue coqueta con los hombres que la pretendieron, no, su única angustia fue
no haber arañado si quiera la palabra orgasmo.
Luego de un
divorcio fácil por infidelidad por parte del que sería su compañero hasta el
final del camino, Ana no se sintió ni un poco mal, tal vez triste, pero no por
haberse dado cuenta que el hombre que se iba de su casa era un reverendo hijo
de la chingada que se acostó con la conformista de su secretaria, sino
porque había perdido con ese ¡11 años! Se perdió la edad donde uno explora
otros cuerpos, cuando uno se empeña en sentir con la entrepierna y prueba las mieles
de los extraños, ella se preguntó por qué nunca se interesó en el sudor ajeno y
Ana solita se contestó, - ¡pues por pendeja! –
En el momento que se quedó sola sintió un alivio al no tener que cocinarlos platillos que le encantaban al ingrato de su esposo y que siempre comparaba
con los de su suegra, - si tanto le gustaba la comida de su madre, ¿por qué no
lo mandé derechito con ella antes? – y otra vez la respuesta inmediata de su corazón
- ¡pues por pendeja! –, ya no habría más
mole, más cochinita, ya no más tres tiempos en recipientes para el trabajo del “hombre”
de la casa. Ya tenía más espacio en el closet y ya no olía a loción de hombre maduro.
Cuando Ana se quedó sola, se preguntó si alguna vez alguien se fijaría en
ella de nuevo y bastó con quitarse la sortija de matrimonio y que las amigas
solteras, antes ajenas a ella, la invitaran a salir… Solo una salida para que se
diera cuenta que era bonita porque cómo robó miradas esa noche, unos cuantos vodkas
fueron el santo remedio para que un chico de 22 años le pareciera el más
masculino de toda su vida y como si fuera chistoso los hombres de su vida hasta
ese momento se reducían a uno, así que todo sería mejor que el ex aburrido
marido; este niño tenía ímpetu, se comportaba como si no hubiera mañana y la
tocaba como su fuera la mujer que dios quiso para él siempre, Ana se dejo llevar
para terminar en su casa, sin ropa de manera ansiosa, la falta de experiencia
se notaba en las manos del joven aquel, ya que ella se tuvo que desabrochar el sostén
y ya de ahí él lo hizo todo o más bien intentaba hacer de todo, se empeñaba en
hacerla sentir y tanto se esforzaba que lo hacía mal pero por lo menos le
dedicaba tiempo, besos y caricias. Ella por más que no quería compararlo con el
bruto de su marido, la poca razón que le dejaron tantos Martini´s, la obligaban
en pensar frases como: ahí jamás me tocó, eso ni lo conocía, ¿me debo dejar
lamer ahí?. Ana se preguntó ¿por qué nunca sentí eso ahí? y la respuesta
inmediata de su vagina fue - ¡pues por pendeja! – Esa noche tampoco llegó al orgasmo, pero estuvo
tan cerca de alcanzarlo que a la mañana siguiente se atrevió a ver su primer película porno, eróticas si había visto, pero porno jamás, eso era cosa de hombres. Del
asunto de la película no saco mucho, porque ahora entendía la estupidez de su
marido, solo en esas películas las
mujeres gritan como locas, hacen de todo y el hombre solo disfruta, los hombres
de la película solo hacían unas cuantas cosas, una caricia en los pechos, un lengüetazo
entre las piernas pero todo se resumía en montar a la joven que tenía que gemir
y moverse como si sintiera el universo entero… en resumen una farsa total.
Al paso de los días Ana siguió con su vida normal, trabajo, gimnasio,
compras y a diario daba gracias a dios por no haber tenido hijos, - Señor, solo
tú sabes porque haces las cosas – Empezó a salir los fines de semana sin
ponerse ebria, comenzó a coquetear para reafirmarse a ella misma, aceptaba que
necesita la aprobación del sexo opuesto para sentirse segura, tampoco era tan
fácil borrar la compañía de un hombre–mueble con un par de semanas y menos
exponerse a los extraños de buenas a primeras, Ana se sentía chiquita.
Llegaban hombres que alagaban su cabellera negra, otros que la tomaban por
la cintura con tanta confianza y algunos más se atrevían a invitarla a sus casas
para continuar la noche. Las reglas de Ana eran pocas, la primera era “a mí no
me escogen, yo los escojo a ellos” la segunda “si algo he de hacer será en mi
casa, por eso de la seguridad” y la tercera siempre dar aviso a las amigas y presentarles
al individuo elegido.
Al cabo de unos 6 hombres en seis meses ya no comparaba y ni si quiera se
acordaba del fiasco que era su ex marido, al año ya había tenido entre sus
sabanas un dentista de 40 años de sonrisa perfecta y manos bien experimentas, un
contador que en la platica era más aburrido pero que compensaba esa falta con
unos brazos fuertes y sensuales, el nadador y su inolvidable tatuaje debajo de ropa interior y su cintura en forma de v; en una ocasión se le pasaron tanto las
copas que terminó con un hombre bonachón y de estomago pronunciado pero tan
gracioso que solo recuerda haber reído como no lo había hecho en años,
alcanzando con él cuatro orgasmos en una noche, ya para el final del año se dio
el gusto de hacerlo con un baterista de 19 que le tocaba los pechos como si
fueran tambores y ya ella con un poco más de experiencia se dio el lujo de
enseñarle como se toca una buena sinfonía con cuatro intermedios.
Se cansó de desvelarse y ya frecuentaba poco los bares y antros que no
había visitado en su juventud por estar en las mieles del amor “eterno”, la
seguridad en ella a estas alturas era total, se sabía guapa, sexy, inteligente,trabajadora y exitosa; ya era capaz de coquetear lo mismo en un gimnasio que en
una librería, no discriminaba a un hombre por su trabajo o su edad, siempre y
cuando fuera guapo, carismático y jamás egocéntrico, esos eran los peores… si
hablaban de si mismos todo el tiempo, en la cama sería lo mismo. A muchos los
vio más de una vez y más de una vez tuvo que decir que no le interesaba el compromiso, ya había perdido tanto tiempo con un hombre que sería un error
hacerlo dos veces. Ana cautivaba por su soltura, excitaba porque no se cohibía,
ella lamía el cuerpo del otro, jugaba con los recovecos, embarraba líquidos en
sus pezones y en los miembros de ellos, hacía del acto en sí algo diferente,
jamás se aburría y varios agradecieron al yoga las posturas que ella lograba… decía
que el secreto para tener a un hombre cautivo era siempre sentirte sensual, sin
importar la pequeña llantita que las abdominales no quitaban, ignorando las
pocas canas se empeñaban en crecer, la falta de firmeza en la piel que la edad
va dejando, era tan segura de su filosofía que ella podía hacer el amor con la
luz prendida y caminaba en cueros como si su desnudez fuera su ropa del diario.
- Que vida la mía - pensó Ana ese día en la ducha, cuatro años desde que me
divorcié, casi un centenar de amantes y las habladurías de las vecinas, de
algunas ex amigas y la familia.
Una ocasión en casa de su madre escuchó a su hermana decirle a su sobrina
de 18 años – deja de andar con uno y con otro o vas a acabar como tu tía Ana y
ya sabes que de puta no la bajan – Ana, que estaba en el cuarto de a lado entró
con una sonrisa fresca como la mañana y le dijo a su hermana – ¡ay hermana!,
déjala que conozca tantos penes pueda, porque una vez que escoges a uno como
marido, ya te chingaste, sino pregúntanos a las pendejas de mí y de tu madre, y
si te dicen puta, ¡déjalos! – Decía mientras se acomodaba el escote y se retocaba
las mejillas para ir a un desayuno familiar - una gasta más tiempo sintiendo
pena por una misma que siendo una misma en sí, a la chingada las habladurías hija
y haz lo que te diga esto, esto y esto – señalando la cabeza, el corazón y la
entrepierna de su sobrina – no pierdas el tiempo con un tonto que no te va
enseñar el verdadero cielo, no ese del que todos los santurrones hablan – y se
fue con la misma naturalidad con la que entró mientras su hermana que de tan
chueca que tenía la boca, parecía que así se iba a quedar.
Salió del baño ya con las piernas tersas e hizo el recuento de los nombres
de los hombres memorables que la hicieron sentir en todos lados, Erick, Jesús,
Juan Manuel, José, Santiago, Willy, Chris, Daniel, Arturo, Ricardo, Ray, Mauricio, una oda a cada uno de ellos y es
que en verdad caballeros con esas mañas y esos trucos merecen el cielito mismo.
Ana se puso unas medias a tono con su piel y pensó en cuantos dedos no habían
quitado y a veces arrancado tantos pares de medias, ligueros, tangas… en fin, se
puso una falda blanca que daba debajo de la rodilla con una apertura en la
parte de atrás, se puso un sujetador muy discreto ya que el saco del mismo color
de la falda tenía un escote muy pronunciado, se puso un velillo blanco, parecía
un fotografía de los años 50 sin perder ese toqué que había ganado en esos 4
años, esa sensualidad de sentirse bella, un premio, esa seguridad de saberse
ella y conocerse como nunca pensó hacerlo.
Salió de su habitación y un hombre guapo con manos de pianista, hombros de
jugador de americano, ojos de escritor, porte de alto ejecutivo y risa de niño,
le preguntó – ¿dónde andabas? El juez ya está aquí y tú paseándote como si tu trabajo
fuera presumir tu belleza – Ana le contestó –
lo que es evidente no se presume tontito – acto seguido lo beso en los
labios mientras le apretaba el trasero con indiscreción.
Su sobrina le dijo a su hermana – mira a la “puta” de tu hermana, más
bonita que nunca y no se diga lo feliz que se ve y apunto de casarse de nuevo con un hombre que ella escogió – su hermana solo pudo sonreír con la risita que
usan los que se apenan al aceptar su error y admitió que su
hermana se veía como siempre debió de haberse visto... irradiando felicidad.
martes, 15 de octubre de 2013
Con Música de Fondo
Pablo llegó a esa
casa como si fuera la de él, abrió la puerta, sacó un cd de su mochila, acomodó
sus cosas con una sola idea en su cabeza, quedarse en la memoria del hombre
dueño de su mundo y de todos sus sueños.
Puso el disco en el
minicomponente y se dirigió al estudio. Inmerso en papeles regados por todos
lados estaba Bernardo que solo al oír la música y sentir unos pasos lentos se
percato de la presencia de Pablo.
Pablo volteó la
silla donde estaba el hombre que era su centro, se sentó en él acomodando sus
labios en su frente, recorriendo su cara entera, besó su nariz fría y sus
orejas grandes, besó sus mejillas y al
final unió su pecho con el de él, lo abrazó fuerte como si se le fuera a ir en
un descuido; en ese momento una voz peculiar se oía a lo lejos, como si la
cantante hubiera esperado el momento exacto para entrar en escena “lo que
quieras apostar, me siento sola, lo que quieras discutir, me siento sola y
aunque tú quieras saber de mí yo no quiero, no quiero hablar…” las palabras que
él no tenía para decirle al hombre ocupado, que iba y venía a su antojo, que le
hablaba cuando quería, las cantaba con precisión una tal Ely Guerra, mientras
Pablo desabotonaba la camisa del ingrato aquel, cada botón una oración de la
canción, sus manos iban a ritmo y pedían calor, su calor, el cuerpo de
Bernardo, todo bastaba y todo quedaba en el olvido al sentir sus besos en elcuello y sus manos en su espalda, esas manos… tan perfectas como traviesas ya
tenían la ropa de Pablo mas suelta “Lo que quieras conocer, no me importa, Lo
que puedas carecer, no me importa…” y por más que este pobre soñó con
dejarlo algún día en mitad de la excitación, eran más sus ganas de probarlo
todo, de tenerlo completo, de lamerlo aunque fuera la última vez.
Ahí en el estudio
fue donde se entendieron como nunca lo habían hecho, fue en el escritorio donde
se quitaron la ropa, en la silla donde uno fue del otro de manera tierna al
inicio y a la vez masculina, fue lo frío del suelo lo que calmo el sudor y fue
la música lo que calló los gritos de uno y los gemidos del otro, sus espaldas
estaban rojas, los labios les ardían por el roce con la barba del otro, las
piernas les temblaban y para cuando terminaron el cd inició de nuevo, estaban
en silencio uno junto al otro, Bernardo pensado en el trabajo y dando por
sentado el cuerpo del otro, Pablo en blanco con el una sensación de vació y el
corazón atontado.
“Aunque siempre
va detrás la explicación, hoy no puedo más, aunque siempre la nostalgia crea
confusión, hoy me siento mal y no quiero hablar, porque en el amor no hay que
hablar solo hay que actuar…”
-
Esa
canción ya se repitió – Dijo Bernardo, levantándose para recoger su ropa y
terminar de trabajar. Pablo se vistió, se lavó la cara y se fue, no sin antes
presionar el botón “Repeat Track”.
Pablo caminó por
Paseo de la Reforma rumbo a su departamento con el cuerpo y el ánimo exhaustos,
por un hombre que no entendió el sentido de su presencia ni por más que quiso
explicarle su sentir hasta con música.
No hay mejor despedida para un corazón roto
que la sal del último encuentro para que cerrar la herida.
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