Pablo llegó a esa
casa como si fuera la de él, abrió la puerta, sacó un cd de su mochila, acomodó
sus cosas con una sola idea en su cabeza, quedarse en la memoria del hombre
dueño de su mundo y de todos sus sueños.
Puso el disco en el
minicomponente y se dirigió al estudio. Inmerso en papeles regados por todos
lados estaba Bernardo que solo al oír la música y sentir unos pasos lentos se
percato de la presencia de Pablo.
Pablo volteó la
silla donde estaba el hombre que era su centro, se sentó en él acomodando sus
labios en su frente, recorriendo su cara entera, besó su nariz fría y sus
orejas grandes, besó sus mejillas y al
final unió su pecho con el de él, lo abrazó fuerte como si se le fuera a ir en
un descuido; en ese momento una voz peculiar se oía a lo lejos, como si la
cantante hubiera esperado el momento exacto para entrar en escena “lo que
quieras apostar, me siento sola, lo que quieras discutir, me siento sola y
aunque tú quieras saber de mí yo no quiero, no quiero hablar…” las palabras que
él no tenía para decirle al hombre ocupado, que iba y venía a su antojo, que le
hablaba cuando quería, las cantaba con precisión una tal Ely Guerra, mientras
Pablo desabotonaba la camisa del ingrato aquel, cada botón una oración de la
canción, sus manos iban a ritmo y pedían calor, su calor, el cuerpo de
Bernardo, todo bastaba y todo quedaba en el olvido al sentir sus besos en elcuello y sus manos en su espalda, esas manos… tan perfectas como traviesas ya
tenían la ropa de Pablo mas suelta “Lo que quieras conocer, no me importa, Lo
que puedas carecer, no me importa…” y por más que este pobre soñó con
dejarlo algún día en mitad de la excitación, eran más sus ganas de probarlo
todo, de tenerlo completo, de lamerlo aunque fuera la última vez.
Ahí en el estudio
fue donde se entendieron como nunca lo habían hecho, fue en el escritorio donde
se quitaron la ropa, en la silla donde uno fue del otro de manera tierna al
inicio y a la vez masculina, fue lo frío del suelo lo que calmo el sudor y fue
la música lo que calló los gritos de uno y los gemidos del otro, sus espaldas
estaban rojas, los labios les ardían por el roce con la barba del otro, las
piernas les temblaban y para cuando terminaron el cd inició de nuevo, estaban
en silencio uno junto al otro, Bernardo pensado en el trabajo y dando por
sentado el cuerpo del otro, Pablo en blanco con el una sensación de vació y el
corazón atontado.
“Aunque siempre
va detrás la explicación, hoy no puedo más, aunque siempre la nostalgia crea
confusión, hoy me siento mal y no quiero hablar, porque en el amor no hay que
hablar solo hay que actuar…”
-
Esa
canción ya se repitió – Dijo Bernardo, levantándose para recoger su ropa y
terminar de trabajar. Pablo se vistió, se lavó la cara y se fue, no sin antes
presionar el botón “Repeat Track”.
Pablo caminó por
Paseo de la Reforma rumbo a su departamento con el cuerpo y el ánimo exhaustos,
por un hombre que no entendió el sentido de su presencia ni por más que quiso
explicarle su sentir hasta con música.
No hay mejor despedida para un corazón roto
que la sal del último encuentro para que cerrar la herida.
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