martes, 22 de octubre de 2013

¿Quién fuese Ana?

¿Qué fue de esa Ana? ¿Qué quedó de ella? Se preguntaba la misma Ana al tomar un baño lento recordando el día de su boda; en 20 minutos repasó los años de la preparatoria y la universidad junto al hombre con el que pensó compartir el resto de su vida, sus sueños, sus ganas de ser y su mundo infinito, ella quería convidarle su cuerpo y a partir de ese día regalarle su alma entera; que mejor regalo que su esencia. Pero como casi todos los regalos este también quedo guardado, “su alma gemela” almacenó a Ana en un estuche muy lindo, una casa llena enceres finos y detalles lujosos, presumiendo a su esposa de vez en cuando en alguna cena de negocios y al llegar a casa le hacía el amor de manera arrebata, como en los primeros años de universidad y donde el placer era solo de él, sin preguntarse si ella había llegado siquiera a la mitad del  clímax.

Así fue la vida de Ana hasta los 28, no sabía quién era ella, porque todo lo que hacía era para complacer a su fiel compañero: trabajaba, hacía las compras de la semana, cocinaba, lavaba y hasta tiempo para ir a correr tenía, pero todo con tal de recordarle a su esposo que ella seguía ahí.

Ese día en la regadera Ana se preguntó cómo había sobrevivido tanto tiempo sin haber sentido un orgasmo, no se preguntó por qué fue sumisa o por qué no fue coqueta con los hombres que la pretendieron, no, su única angustia fue no haber arañado si quiera la palabra orgasmo.

Luego de un divorcio fácil por infidelidad por parte del que sería su compañero hasta el final del camino, Ana no se sintió ni un poco mal, tal vez triste, pero no por haberse dado cuenta que el hombre que se iba de su casa era un reverendo hijo de la chingada que se acostó con la conformista de su secretaria, sino porque había perdido con ese ¡11 años! Se perdió la edad donde uno explora otros cuerpos, cuando uno se empeña en sentir con la entrepierna y prueba las mieles de los extraños, ella se preguntó por qué nunca se interesó en el sudor ajeno y Ana solita se contestó, - ¡pues por pendeja! –

En el momento que se quedó sola sintió un alivio al no tener que cocinarlos platillos que le encantaban al ingrato de su esposo y que siempre comparaba con los de su suegra, - si tanto le gustaba la comida de su madre, ¿por qué no lo mandé derechito con ella antes? – y otra vez la respuesta inmediata de su corazón  - ¡pues por pendeja! –, ya no habría más mole, más cochinita, ya no más tres tiempos en recipientes para el trabajo del “hombre” de la casa. Ya tenía más espacio en el closet y ya no olía a loción de hombre maduro.

Cuando Ana se quedó sola, se preguntó si alguna vez alguien se fijaría en ella de nuevo y bastó con quitarse la sortija de matrimonio y que las amigas solteras, antes ajenas a ella, la invitaran a salir… Solo una salida para que se diera cuenta que era bonita porque cómo robó miradas esa noche, unos cuantos vodkas fueron el santo remedio para que un chico de 22 años le pareciera el más masculino de toda su vida y como si fuera chistoso los hombres de su vida hasta ese momento se reducían a uno, así que todo sería mejor que el ex aburrido marido; este niño tenía ímpetu, se comportaba como si no hubiera mañana y la tocaba como su fuera la mujer que dios quiso para él siempre, Ana se dejo llevar para terminar en su casa, sin ropa de manera ansiosa, la falta de experiencia se notaba en las manos del joven aquel, ya que ella se tuvo que desabrochar el sostén y ya de ahí él lo hizo todo o más bien intentaba hacer de todo, se empeñaba en hacerla sentir y tanto se esforzaba que lo hacía mal pero por lo menos le dedicaba tiempo, besos y caricias. Ella por más que no quería compararlo con el bruto de su marido, la poca razón que le dejaron tantos Martini´s, la obligaban en pensar frases como: ahí jamás me tocó, eso ni lo conocía, ¿me debo dejar lamer ahí?. Ana se preguntó ¿por qué nunca sentí eso ahí? y la respuesta inmediata de su vagina fue - ¡pues por pendeja! –  Esa noche tampoco llegó al orgasmo, pero estuvo tan cerca de alcanzarlo que a la mañana siguiente se atrevió a ver su primer película porno, eróticas si había visto, pero porno jamás, eso era cosa de hombres. Del asunto de la película no saco mucho, porque ahora entendía la estupidez de su marido, solo en esas  películas las mujeres gritan como locas, hacen de todo y el hombre solo disfruta, los hombres de la película solo hacían unas cuantas cosas, una caricia en los pechos, un lengüetazo entre las piernas pero todo se resumía en montar a la joven que tenía que gemir y moverse como si sintiera el universo entero… en resumen una farsa total.

Al paso de los días Ana siguió con su vida normal, trabajo, gimnasio, compras y a diario daba gracias a dios por no haber tenido hijos, - Señor, solo tú sabes porque haces las cosas – Empezó a salir los fines de semana sin ponerse ebria, comenzó a coquetear para reafirmarse a ella misma, aceptaba que necesita la aprobación del sexo opuesto para sentirse segura, tampoco era tan fácil borrar la compañía de un hombre–mueble con un par de semanas y menos exponerse a los extraños de buenas a primeras, Ana se sentía chiquita.

Llegaban hombres que alagaban su cabellera negra, otros que la tomaban por la cintura con tanta confianza y algunos más se atrevían a invitarla a sus casas para continuar la noche. Las reglas de Ana eran pocas, la primera era “a mí no me escogen, yo los escojo a ellos” la segunda “si algo he de hacer será en mi casa, por eso de la seguridad” y la tercera siempre dar aviso a las amigas y presentarles al individuo elegido.

Al cabo de unos 6 hombres en seis meses ya no comparaba y ni si quiera se acordaba del fiasco que era su ex marido, al año ya había tenido entre sus sabanas un dentista de 40 años de sonrisa perfecta y manos bien experimentas, un contador que en la platica era más aburrido pero que compensaba esa falta con unos brazos fuertes y sensuales, el nadador y su inolvidable tatuaje debajo de ropa interior y su cintura en forma de v; en una ocasión se le pasaron tanto las copas que terminó con un hombre bonachón y de estomago pronunciado pero tan gracioso que solo recuerda haber reído como no lo había hecho en años, alcanzando con él cuatro orgasmos en una noche, ya para el final del año se dio el gusto de hacerlo con un baterista de 19 que le tocaba los pechos como si fueran tambores y ya ella con un poco más de experiencia se dio el lujo de enseñarle como se toca una buena sinfonía con cuatro intermedios.

Se cansó de desvelarse y ya frecuentaba poco los bares y antros que no había visitado en su juventud por estar en las mieles del amor “eterno”, la seguridad en ella a estas alturas era total, se sabía guapa, sexy, inteligente,trabajadora y exitosa; ya era capaz de coquetear lo mismo en un gimnasio que en una librería, no discriminaba a un hombre por su trabajo o su edad, siempre y cuando fuera guapo, carismático y jamás egocéntrico, esos eran los peores… si hablaban de si mismos todo el tiempo, en la cama sería lo mismo. A muchos los vio más de una vez y más de una vez tuvo que decir que no le interesaba el compromiso, ya había perdido tanto tiempo con un hombre que sería un error hacerlo dos veces. Ana cautivaba por su soltura, excitaba porque no se cohibía, ella lamía el cuerpo del otro, jugaba con los recovecos, embarraba líquidos en sus pezones y en los miembros de ellos, hacía del acto en sí algo diferente, jamás se aburría y varios agradecieron al yoga las posturas que ella lograba… decía que el secreto para tener a un hombre cautivo era siempre sentirte sensual, sin importar la pequeña llantita que las abdominales no quitaban, ignorando las pocas canas se empeñaban en crecer, la falta de firmeza en la piel que la edad va dejando, era tan segura de su filosofía que ella podía hacer el amor con la luz prendida y caminaba en cueros como si su desnudez fuera su ropa del diario.

- Que vida la mía - pensó Ana ese día en la ducha, cuatro años desde que me divorcié, casi un centenar de amantes y las habladurías de las vecinas, de algunas ex amigas y la familia.

Una ocasión en casa de su madre escuchó a su hermana decirle a su sobrina de 18 años – deja de andar con uno y con otro o vas a acabar como tu tía Ana y ya sabes que de puta no la bajan – Ana, que estaba en el cuarto de a lado entró con una sonrisa fresca como la mañana y le dijo a su hermana – ¡ay hermana!, déjala que conozca tantos penes pueda, porque una vez que escoges a uno como marido, ya te chingaste, sino pregúntanos a las pendejas de mí y de tu madre, y si te dicen puta, ¡déjalos! – Decía mientras se acomodaba el escote y se retocaba las mejillas para ir a un desayuno familiar - una gasta más tiempo sintiendo pena por una misma que siendo una misma en sí, a la chingada las habladurías hija y haz lo que te diga esto, esto y esto – señalando la cabeza, el corazón y la entrepierna de su sobrina – no pierdas el tiempo con un tonto que no te va enseñar el verdadero cielo, no ese del que todos los santurrones hablan – y se fue con la misma naturalidad con la que entró mientras su hermana que de tan chueca que tenía la boca, parecía que así se iba a quedar.

Salió del baño ya con las piernas tersas e hizo el recuento de los nombres de los hombres memorables que la hicieron sentir en todos lados, Erick, Jesús, Juan Manuel, José, Santiago, Willy, Chris, Daniel, Arturo, Ricardo, Ray, Mauricio, una oda a cada uno de ellos y es que en verdad caballeros con esas mañas y esos trucos merecen el cielito mismo.

Ana se puso unas medias a tono con su piel y pensó en cuantos dedos no habían quitado y a veces arrancado tantos pares de medias, ligueros, tangas… en fin, se puso una falda blanca que daba debajo de la rodilla con una apertura en la parte de atrás, se puso un sujetador muy discreto ya que el saco del mismo color de la falda tenía un escote muy pronunciado, se puso un velillo blanco, parecía un fotografía de los años 50 sin perder ese toqué que había ganado en esos 4 años, esa sensualidad de sentirse bella, un premio, esa seguridad de saberse ella y conocerse como nunca pensó hacerlo.

Salió de su habitación y un hombre guapo con manos de pianista, hombros de jugador de americano, ojos de escritor, porte de alto ejecutivo y risa de niño, le preguntó – ¿dónde andabas? El juez ya está aquí y tú paseándote como si tu trabajo fuera presumir tu belleza – Ana le contestó –  lo que es evidente no se presume tontito – acto seguido lo beso en los labios mientras le apretaba el trasero con indiscreción.

Su sobrina le dijo a su hermana – mira a la “puta” de tu hermana, más bonita que nunca y no se diga lo feliz que se ve y apunto de casarse de nuevo con un hombre que ella escogió – su hermana solo pudo sonreír con la risita que usan los que se apenan al aceptar su error y admitió que su hermana se veía como siempre debió de haberse visto... irradiando felicidad.


http://ricardobandala.com/
- Amen – dijo la hermana y firmó como testigo de Ana.  

1 comentario:

  1. Esas letras siempre tan buenas, si hubiera mas Anas en el mundo, todos seríamos mas felices!! Gracias por las sonrisas que dejas en la cara de tus lectores

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