¿Qué fue de esa Ana? ¿Qué quedó de ella? Se preguntaba la misma Ana al
tomar un baño lento recordando el día de su boda; en 20 minutos repasó los
años de la preparatoria y la universidad junto al hombre con el que pensó
compartir el resto de su vida, sus sueños, sus ganas de ser y su mundo infinito,
ella quería convidarle su cuerpo y a partir de ese día regalarle su alma
entera; que mejor regalo que su esencia. Pero como
casi todos los regalos este también quedo guardado, “su alma gemela” almacenó a
Ana en un estuche muy lindo, una casa llena enceres finos y detalles
lujosos, presumiendo a su esposa de vez en cuando en alguna cena de negocios y al llegar a
casa le hacía el amor de manera arrebata, como en los primeros años de
universidad y donde el placer era solo de él, sin preguntarse si ella había llegado siquiera a la mitad del clímax.
Así fue la vida de Ana hasta los 28, no sabía quién era ella, porque todo
lo que hacía era para complacer a su fiel compañero: trabajaba,
hacía las compras de la semana, cocinaba, lavaba y hasta tiempo para ir a
correr tenía, pero todo con tal de recordarle a su esposo que ella seguía ahí.
Ese día en la regadera Ana se preguntó cómo había sobrevivido tanto tiempo sin haber sentido un orgasmo, no se preguntó por qué fue sumisa o por qué
no fue coqueta con los hombres que la pretendieron, no, su única angustia fue
no haber arañado si quiera la palabra orgasmo.
Luego de un
divorcio fácil por infidelidad por parte del que sería su compañero hasta el
final del camino, Ana no se sintió ni un poco mal, tal vez triste, pero no por
haberse dado cuenta que el hombre que se iba de su casa era un reverendo hijo
de la chingada que se acostó con la conformista de su secretaria, sino
porque había perdido con ese ¡11 años! Se perdió la edad donde uno explora
otros cuerpos, cuando uno se empeña en sentir con la entrepierna y prueba las mieles
de los extraños, ella se preguntó por qué nunca se interesó en el sudor ajeno y
Ana solita se contestó, - ¡pues por pendeja! –
En el momento que se quedó sola sintió un alivio al no tener que cocinarlos platillos que le encantaban al ingrato de su esposo y que siempre comparaba
con los de su suegra, - si tanto le gustaba la comida de su madre, ¿por qué no
lo mandé derechito con ella antes? – y otra vez la respuesta inmediata de su corazón
- ¡pues por pendeja! –, ya no habría más
mole, más cochinita, ya no más tres tiempos en recipientes para el trabajo del “hombre”
de la casa. Ya tenía más espacio en el closet y ya no olía a loción de hombre maduro.
Cuando Ana se quedó sola, se preguntó si alguna vez alguien se fijaría en
ella de nuevo y bastó con quitarse la sortija de matrimonio y que las amigas
solteras, antes ajenas a ella, la invitaran a salir… Solo una salida para que se
diera cuenta que era bonita porque cómo robó miradas esa noche, unos cuantos vodkas
fueron el santo remedio para que un chico de 22 años le pareciera el más
masculino de toda su vida y como si fuera chistoso los hombres de su vida hasta
ese momento se reducían a uno, así que todo sería mejor que el ex aburrido
marido; este niño tenía ímpetu, se comportaba como si no hubiera mañana y la
tocaba como su fuera la mujer que dios quiso para él siempre, Ana se dejo llevar
para terminar en su casa, sin ropa de manera ansiosa, la falta de experiencia
se notaba en las manos del joven aquel, ya que ella se tuvo que desabrochar el sostén
y ya de ahí él lo hizo todo o más bien intentaba hacer de todo, se empeñaba en
hacerla sentir y tanto se esforzaba que lo hacía mal pero por lo menos le
dedicaba tiempo, besos y caricias. Ella por más que no quería compararlo con el
bruto de su marido, la poca razón que le dejaron tantos Martini´s, la obligaban
en pensar frases como: ahí jamás me tocó, eso ni lo conocía, ¿me debo dejar
lamer ahí?. Ana se preguntó ¿por qué nunca sentí eso ahí? y la respuesta
inmediata de su vagina fue - ¡pues por pendeja! – Esa noche tampoco llegó al orgasmo, pero estuvo
tan cerca de alcanzarlo que a la mañana siguiente se atrevió a ver su primer película porno, eróticas si había visto, pero porno jamás, eso era cosa de hombres. Del
asunto de la película no saco mucho, porque ahora entendía la estupidez de su
marido, solo en esas películas las
mujeres gritan como locas, hacen de todo y el hombre solo disfruta, los hombres
de la película solo hacían unas cuantas cosas, una caricia en los pechos, un lengüetazo
entre las piernas pero todo se resumía en montar a la joven que tenía que gemir
y moverse como si sintiera el universo entero… en resumen una farsa total.
Al paso de los días Ana siguió con su vida normal, trabajo, gimnasio,
compras y a diario daba gracias a dios por no haber tenido hijos, - Señor, solo
tú sabes porque haces las cosas – Empezó a salir los fines de semana sin
ponerse ebria, comenzó a coquetear para reafirmarse a ella misma, aceptaba que
necesita la aprobación del sexo opuesto para sentirse segura, tampoco era tan
fácil borrar la compañía de un hombre–mueble con un par de semanas y menos
exponerse a los extraños de buenas a primeras, Ana se sentía chiquita.
Llegaban hombres que alagaban su cabellera negra, otros que la tomaban por
la cintura con tanta confianza y algunos más se atrevían a invitarla a sus casas
para continuar la noche. Las reglas de Ana eran pocas, la primera era “a mí no
me escogen, yo los escojo a ellos” la segunda “si algo he de hacer será en mi
casa, por eso de la seguridad” y la tercera siempre dar aviso a las amigas y presentarles
al individuo elegido.
Al cabo de unos 6 hombres en seis meses ya no comparaba y ni si quiera se
acordaba del fiasco que era su ex marido, al año ya había tenido entre sus
sabanas un dentista de 40 años de sonrisa perfecta y manos bien experimentas, un
contador que en la platica era más aburrido pero que compensaba esa falta con
unos brazos fuertes y sensuales, el nadador y su inolvidable tatuaje debajo de ropa interior y su cintura en forma de v; en una ocasión se le pasaron tanto las
copas que terminó con un hombre bonachón y de estomago pronunciado pero tan
gracioso que solo recuerda haber reído como no lo había hecho en años,
alcanzando con él cuatro orgasmos en una noche, ya para el final del año se dio
el gusto de hacerlo con un baterista de 19 que le tocaba los pechos como si
fueran tambores y ya ella con un poco más de experiencia se dio el lujo de
enseñarle como se toca una buena sinfonía con cuatro intermedios.
Se cansó de desvelarse y ya frecuentaba poco los bares y antros que no
había visitado en su juventud por estar en las mieles del amor “eterno”, la
seguridad en ella a estas alturas era total, se sabía guapa, sexy, inteligente,trabajadora y exitosa; ya era capaz de coquetear lo mismo en un gimnasio que en
una librería, no discriminaba a un hombre por su trabajo o su edad, siempre y
cuando fuera guapo, carismático y jamás egocéntrico, esos eran los peores… si
hablaban de si mismos todo el tiempo, en la cama sería lo mismo. A muchos los
vio más de una vez y más de una vez tuvo que decir que no le interesaba el compromiso, ya había perdido tanto tiempo con un hombre que sería un error
hacerlo dos veces. Ana cautivaba por su soltura, excitaba porque no se cohibía,
ella lamía el cuerpo del otro, jugaba con los recovecos, embarraba líquidos en
sus pezones y en los miembros de ellos, hacía del acto en sí algo diferente,
jamás se aburría y varios agradecieron al yoga las posturas que ella lograba… decía
que el secreto para tener a un hombre cautivo era siempre sentirte sensual, sin
importar la pequeña llantita que las abdominales no quitaban, ignorando las
pocas canas se empeñaban en crecer, la falta de firmeza en la piel que la edad
va dejando, era tan segura de su filosofía que ella podía hacer el amor con la
luz prendida y caminaba en cueros como si su desnudez fuera su ropa del diario.
- Que vida la mía - pensó Ana ese día en la ducha, cuatro años desde que me
divorcié, casi un centenar de amantes y las habladurías de las vecinas, de
algunas ex amigas y la familia.
Una ocasión en casa de su madre escuchó a su hermana decirle a su sobrina
de 18 años – deja de andar con uno y con otro o vas a acabar como tu tía Ana y
ya sabes que de puta no la bajan – Ana, que estaba en el cuarto de a lado entró
con una sonrisa fresca como la mañana y le dijo a su hermana – ¡ay hermana!,
déjala que conozca tantos penes pueda, porque una vez que escoges a uno como
marido, ya te chingaste, sino pregúntanos a las pendejas de mí y de tu madre, y
si te dicen puta, ¡déjalos! – Decía mientras se acomodaba el escote y se retocaba
las mejillas para ir a un desayuno familiar - una gasta más tiempo sintiendo
pena por una misma que siendo una misma en sí, a la chingada las habladurías hija
y haz lo que te diga esto, esto y esto – señalando la cabeza, el corazón y la
entrepierna de su sobrina – no pierdas el tiempo con un tonto que no te va
enseñar el verdadero cielo, no ese del que todos los santurrones hablan – y se
fue con la misma naturalidad con la que entró mientras su hermana que de tan
chueca que tenía la boca, parecía que así se iba a quedar.
Salió del baño ya con las piernas tersas e hizo el recuento de los nombres
de los hombres memorables que la hicieron sentir en todos lados, Erick, Jesús,
Juan Manuel, José, Santiago, Willy, Chris, Daniel, Arturo, Ricardo, Ray, Mauricio, una oda a cada uno de ellos y es
que en verdad caballeros con esas mañas y esos trucos merecen el cielito mismo.
Ana se puso unas medias a tono con su piel y pensó en cuantos dedos no habían
quitado y a veces arrancado tantos pares de medias, ligueros, tangas… en fin, se
puso una falda blanca que daba debajo de la rodilla con una apertura en la
parte de atrás, se puso un sujetador muy discreto ya que el saco del mismo color
de la falda tenía un escote muy pronunciado, se puso un velillo blanco, parecía
un fotografía de los años 50 sin perder ese toqué que había ganado en esos 4
años, esa sensualidad de sentirse bella, un premio, esa seguridad de saberse
ella y conocerse como nunca pensó hacerlo.
Salió de su habitación y un hombre guapo con manos de pianista, hombros de
jugador de americano, ojos de escritor, porte de alto ejecutivo y risa de niño,
le preguntó – ¿dónde andabas? El juez ya está aquí y tú paseándote como si tu trabajo
fuera presumir tu belleza – Ana le contestó –
lo que es evidente no se presume tontito – acto seguido lo beso en los
labios mientras le apretaba el trasero con indiscreción.
Su sobrina le dijo a su hermana – mira a la “puta” de tu hermana, más
bonita que nunca y no se diga lo feliz que se ve y apunto de casarse de nuevo con un hombre que ella escogió – su hermana solo pudo sonreír con la risita que
usan los que se apenan al aceptar su error y admitió que su
hermana se veía como siempre debió de haberse visto... irradiando felicidad.

Esas letras siempre tan buenas, si hubiera mas Anas en el mundo, todos seríamos mas felices!! Gracias por las sonrisas que dejas en la cara de tus lectores
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